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"El corazón del árbol sabe hacia donde tiene que crecer".
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martes, 19 de mayo de 2026

Un amigo llamado Jorge, un rector apellido Asjana; un líder académico llamado Jorge Asjana David

Neo Carmona

Hay hombres que llegan a nuestras vidas como una circunstancia. Otros, como una coincidencia. Pero existen algunos —muy pocos— que llegan para convertirse en una auténtica referencia moral, emocional y humana de todo lo que uno termina creyendo sobre la lealtad, el trabajo, la dignidad y el sentido de pertenencia. Para mí, ese hombre ha tenido siempre el mismo nombre: el doctor Jorge Asjana David.

Y quizá por eso este no sea simplemente un artículo político. Ni siquiera un texto sobre una candidatura rectoral. Esto es algo mucho más íntimo, más profundo, más humano. Es el testimonio silencioso de tantos años caminando cerca de un hombre que con su manera de vivir la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) terminó enseñándonos también una manera distinta de vivir la vida. Porque hay líderes que convencen con discursos. Y hay líderes que transforman con el ejemplo. Jorge Asjana pertenece a los segundos.

Con el tiempo comprendí que la grandeza de un hombre no se mide únicamente por sus títulos, por sus victorias o por el reconocimiento que recibe de los demás. La verdadera dimensión de un ser humano aparece en la coherencia con la que defiende sus principios cuando nadie lo observa. Y pocas personas he conocido con la firmeza moral, el carácter y la disciplina con que Jorge Asjana ha defendido siempre aquello en lo que cree.

Nunca fue un hombre moldeado por la comodidad. Nunca negoció su dignidad para agradar. Nunca aprendió el idioma de la hipocresía política. Mientras muchos iban cambiando de discurso según la conveniencia política del momento, Jorge Asjana permanecía intacto, firme; vertical. Dueño de una serenidad que no nacía de la debilidad, sino de la seguridad absoluta de quien sabe quién es y por qué lucha. Y eso, inevitablemente, termina marcando a quienes le rodean. 

Durante todos los años junto al doctor Asjana no solo aprendimos a mirar la UASD desde otra perspectiva. Aprendimos a entender el compromiso como una extensión de la conciencia. Aprendimos que la lealtad no es obediencia ciega ni servilismo miserable, sino gratitud, consecuencia y honor. Aprendimos que defender una causa verdadera exige sacrificios, silencios, resistencia y, muchas veces, la capacidad de mantenerse firme incluso cuando otros deciden abandonar el camino.

Jorge Asjana me enseñó algo que hoy parece escaso en todos los espacios. Que la palabra todavía tiene valor. Y seguro por eso mi lealtad hacia él nunca ha necesitado explicaciones. Porque hay afectos que nacen del interés. Pero existen otros que nacen de la admiración profunda. La mía, sin lugar a duda, pertenece a la segunda categoría.

Con los años, Jorge Asjana dejó de ser únicamente un referente académico o político para convertirse en parte emocional de mi propia familia. Mis hijos lo llaman por su nombre con la naturalidad con que se nombra a alguien cercano, querido y presente. Y hay algo profundamente conmovedor en ver como Alam lo recuerda cada vez que viste traje y corbata para alguna actividad escolar, como si en su memoria infantil hubiese quedado grabada la imagen elegante, firme y respetable de un hombre que siempre entendió que la presencia también comunica dignidad. Para mí es imposible describir completamente lo que eso significa. Porque al final, los verdaderos líderes no solo impactan instituciones: impactan hogares. Se convierten en referencias silenciosas para generaciones que quizá todavía no comprenden del todo por qué admiran a alguien, pero que ya sienten el peso luminoso de su ejemplo.

Eso ha sido Jorge Asjana para mí. Un amigo llamado Jorge. Un rector apellido Asjana. Un líder académico llamado Jorge Asjana David. Y en tiempos donde tantos construyen carreras sobre la simulación, el oportunismo y la traición elegante, haber conocido a un hombre así termina siendo también una forma de resistencia moral. Porque Asjana nunca nos enseñó el camino fácil. Nos enseñó el camino correcto. Nos enseñó que el trabajo a tiempo completo por la UASD no admite medias tintas. Que la institucionalidad no puede ser una consigna vacía. Que la academia merece respeto. Que la política universitaria debe construirse sobre ideas y no sobre resentimientos. Que la firmeza no es violencia, sino convicción. Y que la lealtad verdadera se demuestra sobre todo en los momentos difíciles.

Por eso, cuando algunos intentan reducir esta relación a la lógica superficial de la coyuntura política, se equivocan profundamente. Lo que existe aquí no es una alianza circunstancial. Es una historia compartida de trabajo, afectos, enseñanzas y compromiso humano. 

Hay personas que pasan por nuestras vidas dejando ruido. Jorge Asjana dejó dirección. Y tal vez por eso, cuando la historia universitaria termine escribiendo con serenidad este capítulo decisivo de la UASD, muchos comprenderán que detrás del respaldo gigantesco que hoy despierta Jorge Asjana David no existe únicamente un proyecto electoral. Existe algo más poderoso: la credibilidad construida durante décadas de coherencia y compromiso con nuestra Universidad Primada de América y el pueblo dominicano al que nos debemos.

Porque los pueblos, las instituciones y los hombres podrán ser engañados momentáneamente por el espectáculo, por la mentira hábil o por el oportunismo disfrazado de amistad. Pero el tiempo —ese juez silencioso e implacable— siempre termina colocando a cada uno exactamente en el lugar que merece.

Y quienes han hecho de la traición una costumbre, de la ingratitud una estrategia y de la simulación una forma de ascenso, más temprano que tarde descubrirán el precio terrible de la miseria humana: quedarse solos frente al espejo de su propia pequeñez, sin respeto verdadero, sin afectos sinceros y sin historia digna que contar.

Porque al final, la lealtad podrá ser sacrificada muchas veces: Pero jamás derrotada.

El autor servidor universitario



viernes, 15 de mayo de 2026

Recuerdo de una rectoría del futuro: Asjana 26-30

Neo Carmona


Hubo un tiempo en que nuestra Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) parecía condenada a sobrevivir entre la nostalgia de su grandeza histórica y el cansancio acumulado de sus propias contradicciones. Un tiempo donde demasiados habían comenzado a conformarse con administrar las crisis, con justificar los retrocesos y con aceptar como normal aquello que nunca debió serlo. Pero entonces llegó una rectoría distinta. Una rectoría que no nació del azar ni de la improvisación política, sino de la legitimidad construida durante décadas de arduo trabajo, respeto académico, carácter y compromiso institucional. Y esa rectoría llevó un nombre que hoy la historia universitaria ya no puede separar del renacimiento de la Primada de América: Jorge Asjana David.

Cuando dentro de algunos años la comunidad universitaria mire hacia atrás para recordar el período de gestión 2026-2030, no lo hará únicamente como una gestión administrativa exitosa. Lo recordará como el momento exacto en que la Universidad Primada de América volvió a creer en sí misma.

Porque la rectoría de Asjana no significó solamente remodelaciones, plataformas tecnológicas, modernización, eficiencia gerencial o excelencia académica. Significó algo mucho más profundo: la recuperación emocional y moral de la institución más importante del país.

Fue la época en que la UASD volvió a hablarle a la nación con autoridad ética. Cuando dejó de reaccionar tímidamente ante los grandes problemas nacionales y recuperó su papel histórico como conciencia crítica de la República Dominicana. Desde la violencia social hasta la crisis educativa; desde el deterioro medioambiental hasta la inseguridad vial; desde las desigualdades sociales hasta los desafíos científicos y tecnológicos del presente, la universidad volvió a colocarse al frente de las discusiones nacionales. Y lo hizo porque entendió, bajo el liderazgo del doctor Asjana, que una academia que calla frente a los dolores de su pueblo termina traicionando su propia razón de existir.

Aquella rectoría entendió que el prestigio no se decreta: se conquista. Por eso la excelencia académica dejó de ser un discurso repetido en campañas electorales para convertirse en política institucional permanente. La investigación científica alcanzó niveles históricos. Las escuelas y facultades comenzaron a competir por estándares internacionales de calidad. Los procesos administrativos fueron transformados bajo criterios de transparencia y eficiencia. La tecnología dejó de ser decoración modernizante para convertirse en herramienta real de transformación educativa.

Y, sin embargo, lo más extraordinario de aquel período no fue únicamente lo visible. Lo verdaderamente trascendental fue haber colocado nuevamente al ser humano en el centro de la universidad.

Los estudiantes —razón de ser de la academia— dejaron de sentirse abandonados dentro de estructuras burocráticas indiferentes. Se ampliaron oportunidades, se fortalecieron servicios, se modernizaron procesos y se impulsó una visión profundamente humana de la formación universitaria. La UASD volvió a mirar a sus jóvenes como futuros líderes del país y no simplemente como estadísticas de matrícula.

Los profesores, columna vertebral del proceso enseñanza-aprendizaje, recuperaron niveles de dignidad profesional y reconocimiento institucional que durante años parecían imposibles. La formación docente, la investigación, la estabilidad y el fortalecimiento académico comenzaron a ser tratados como pilares estratégicos del desarrollo universitario.

Y los empleados, tantas veces invisibilizados en la historia administrativa universitaria, fueron finalmente reconocidos como parte esencial del funcionamiento institucional. Porque Asjana comprendió algo que pocos líderes entienden: ninguna universidad alcanza la excelencia si quienes sostienen diariamente sus procesos viven al margen de las transformaciones.

Por primera vez en mucho tiempo, la palabra comunidad dejó de ser un recurso retórico y se convirtió en una experiencia colectiva. La UASD empezó entonces a parecerse nuevamente a la universidad soñada por generaciones enteras de dominicanos y dominicanas. Una universidad abierta al pueblo, moderna sin perder identidad, crítica sin caer en el caos, democrática sin destruir la institucionalidad y profundamente comprometida con el desarrollo nacional sostenible. Y ahí radica la mayor dimensión histórica de aquella rectoría.

Jorge Asjana no condujo únicamente un proceso electoral exitoso ni una administración eficiente. Condujo una restauración moral de la esperanza universitaria. Porque hubo un momento en que la familia uasdiana necesitaba volver a creer que era posible construir grandeza desde la academia pública. Necesitaba recuperar la confianza en el mérito, en el trabajo serio, en la planificación, en la institucionalidad y en el liderazgo firme. Necesitaba recordar que la UASD no nació para sobrevivir administrativamente, sino para dirigir intelectualmente el destino de la nación dominicana. Y eso fue precisamente lo que comenzó a ocurrir tan pronto Jorge Asjana asumió la rectoría.

Por eso, cuando el futuro recuerde aquellos años, no hablará solo de una gestión rectoral. Hablará del instante en que la Universidad Primada de América decidió regresar definitivamente al lugar que le corresponde en la historia nacional.

Y en el centro de ese recuerdo permanecerá la figura serena, firme y legítima del doctor Jorge Asjana David. El hombre que entendió que dirigir la UASD jamás debía consistir únicamente en administrar edificios, presupuestos o conflictos.

Sino en devolverle el alma a la universidad del pueblo dominicano.

 

El autor es servidor universitario


lunes, 11 de mayo de 2026

Jorge Asjana: el académico que nos enseñó a conquistar el futuro


Neo Carmona

Hay personas a las que uno aprende a admirar. Y hay otras que terminan formando parte de la manera en que uno entiende la vida, la lealtad, el trabajo y hasta el sentido mismo de la universidad. Para muchos, Jorge Asjana David es un líder académico, un médico brillante, un gerente excepcional o el próximo rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Para quienes hemos tenido el privilegio de caminar tantos años cerca de él, es algo mucho más profundo: una escuela humana. Porque hay hombres que enseñan desde los libros. Jorge Asjana enseña desde el ejemplo.

Lo he visto llegar antes que todos y marcharse después de todos. Lo he visto soportar silencios injustos, traiciones grandes y mezquindades enormes sin perder jamás la serenidad ni la visión de conjunto. Lo he visto pensar primero en la universidad, incluso en momentos donde otros solo pensaban en sí mismos. Y tal vez por eso quienes verdaderamente lo conocemos entendemos que detrás del dirigente universitario existe un hombre que ha cargado durante años el peso emocional de querer salvar a la UASD de sí misma. Eso desgasta. Pero también construye carácter.

A veces pienso que mucha gente todavía no comprende la dimensión humana de Jorge Asjana David. Porque resulta fácil admirar al académico exitoso, al cirujano prestigioso o al líder que hoy despierta una fuerza política sin precedentes dentro y fuera de la universidad. Lo difícil es entender el nivel de sacrificio silencioso que existe detrás de ese recorrido. Las madrugadas interminables. Las decepciones tragadas en silencio. La responsabilidad de mantenerse firme cuando muchos alrededor dudaban, se cansaban o simplemente se acomodaban. Y, aun así, nunca dejó de creer.

Esa, tal vez o sin tal vez, ha sido su mayor rebeldía. Creer en la UASD cuando para muchos resultaba más rentable burlarse de ella. Apostar por la academia cuando otros negociaban intereses. Defender la institucionalidad cuando el caos parecía convertirse en costumbre. Y, sobre todo, enseñarnos a quienes hemos trabajado a su lado que el verdadero liderazgo no consiste en humillar, ni en imponer miedo, ni en construir obediencias ciegas. El verdadero liderazgo consiste en inspirar.

Y Jorge Asjana inspira. No desde el discurso vacío, sino desde una coherencia que atraviesa décadas. Desde la tranquilidad de quien nunca necesitó disfrazarse para ganarse el respeto de la gente. Desde la autoridad moral que solo poseen aquellos que han dedicado su vida completa a una causa mucho más grande que ellos mismos.

Por eso el fenómeno que hoy vive la UASD alrededor de su liderazgo tiene una explicación mucho más emocional que electoral. La gente no solo está apoyando a un candidato. Está defendiendo una esperanza. Está abrazando la posibilidad de que la universidad vuelva a parecerse a sus mejores sueños. Está apostando por un hombre que hizo que miles de uasdianos volvieran a sentirse orgullosos de pertenecer a la Universidad Primada de América. Y eso tiene un enorme valor en tiempos donde casi todo parece vacío.

Quienes lo conocemos de verdad sabemos que detrás de su firmeza existe una sensibilidad poco común. Sabemos cuánto le duele la universidad cuando se desvía de su misión histórica. Sabemos cuánto le afecta ver la desesperanza en estudiantes que merecen oportunidades reales. Sabemos cuánto le preocupa que la academia dominicana pierda capacidad de influir moral e intelectualmente sobre el país.

Porque Jorge Asjana nunca entendió la rectoría como un premio personal. La entendió como una responsabilidad histórica. Y quizás ahí radica la razón por la que tantos sectores distintos terminaron encontrándose alrededor de su figura. Porque incluso quienes no comparten todas sus posiciones reconocen en él algo demasiado escaso en estos tiempos: autenticidad.

Asjana nunca ha necesitado fingir cercanía popular ni fabricar compromiso social. Lleva décadas viviendo la universidad desde adentro, respirando sus dolores, defendiendo sus mejores causas y formando generaciones enteras de profesionales que hoy ven en él la síntesis de una manera digna de hacer academia y política universitaria.

Por eso este momento trasciende cualquier coyuntura electoral. Lo que está ocurriendo dentro de la UASD es profundamente humano. Tiene que ver con la necesidad colectiva de reencontrarse con liderazgos capaces de unir sin arrodillarse, de dirigir sin maltratar y de construir sin destruirlo todo a su paso.

Y yo, que he tenido el privilegio de observar de cerca muchos de sus silencios, de sus batallas y de sus convicciones más profundas, puedo decir algo con absoluta honestidad: pocas veces he conocido a alguien con una fe tan obstinada en el futuro.

Asjana nunca aceptó la mediocridad como destino. Nunca permitió que la resignación sustituyera los sueños. Nunca dejó que la UASD se redujera, en su corazón, a una simple estructura administrativa. Para él, la universidad siempre fue una causa moral. Una extensión del país posible. Una trinchera de dignidad nacional. Y quizás por eso hoy tanta gente siente que su victoria ya dejó de pertenecerle únicamente a él. Porque Jorge Asjana David logró algo extraordinario: convertir la esperanza en una fuerza política real.

Pero más allá de eso, logró algo todavía aún más difícil: enseñarnos a muchos que el futuro no se espera sentado, no se mendiga y no se teme. 

El futuro se conquista.

 

El autor es servidor universitario.