Neo Carmona
Hubo un tiempo en que
nuestra Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) parecía condenada a
sobrevivir entre la nostalgia de su grandeza histórica y el cansancio acumulado
de sus propias contradicciones. Un tiempo donde demasiados habían comenzado a
conformarse con administrar las crisis, con justificar los retrocesos y con aceptar
como normal aquello que nunca debió serlo. Pero entonces llegó una rectoría
distinta. Una rectoría que no nació del azar ni de la improvisación política,
sino de la legitimidad construida durante décadas de arduo trabajo, respeto
académico, carácter y compromiso institucional. Y esa rectoría llevó un nombre
que hoy la historia universitaria ya no puede separar del renacimiento de la
Primada de América: Jorge Asjana David.
Cuando dentro de algunos años la comunidad universitaria mire hacia atrás para
recordar el período de gestión 2026-2030, no lo hará únicamente como una
gestión administrativa exitosa. Lo recordará como el momento exacto en que la Universidad
Primada de América volvió a creer en sí misma.
Porque la rectoría de
Asjana no significó solamente remodelaciones, plataformas tecnológicas,
modernización, eficiencia gerencial o excelencia académica. Significó algo
mucho más profundo: la recuperación emocional y moral de la institución más importante
del país.
Fue la época en que
la UASD volvió a hablarle a la nación con autoridad ética. Cuando dejó de
reaccionar tímidamente ante los grandes problemas nacionales y recuperó su
papel histórico como conciencia crítica de la República Dominicana. Desde la
violencia social hasta la crisis educativa; desde el deterioro medioambiental
hasta la inseguridad vial; desde las desigualdades sociales hasta los desafíos
científicos y tecnológicos del presente, la universidad volvió a colocarse al
frente de las discusiones nacionales. Y lo hizo porque entendió, bajo el
liderazgo del doctor Asjana, que una academia que calla frente a los dolores de
su pueblo termina traicionando su propia razón de existir.
Aquella rectoría
entendió que el prestigio no se decreta: se conquista. Por eso la excelencia
académica dejó de ser un discurso repetido en campañas electorales para
convertirse en política institucional permanente. La investigación científica
alcanzó niveles históricos. Las escuelas y facultades comenzaron a competir por
estándares internacionales de calidad. Los procesos administrativos fueron
transformados bajo criterios de transparencia y eficiencia. La tecnología dejó
de ser decoración modernizante para convertirse en herramienta real de
transformación educativa.
Y, sin embargo, lo
más extraordinario de aquel período no fue únicamente lo visible. Lo
verdaderamente trascendental fue haber colocado nuevamente al ser humano en el
centro de la universidad.
Los estudiantes
—razón de ser de la academia— dejaron de sentirse abandonados dentro de
estructuras burocráticas indiferentes. Se ampliaron oportunidades, se
fortalecieron servicios, se modernizaron procesos y se impulsó una visión
profundamente humana de la formación universitaria. La UASD volvió a mirar a
sus jóvenes como futuros líderes del país y no simplemente como estadísticas de
matrícula.
Los profesores,
columna vertebral del proceso enseñanza-aprendizaje, recuperaron niveles de
dignidad profesional y reconocimiento institucional que durante años parecían
imposibles. La formación docente, la investigación, la estabilidad y el
fortalecimiento académico comenzaron a ser tratados como pilares estratégicos
del desarrollo universitario.
Y los empleados,
tantas veces invisibilizados en la historia administrativa universitaria,
fueron finalmente reconocidos como parte esencial del funcionamiento
institucional. Porque Asjana comprendió algo que pocos líderes entienden:
ninguna universidad alcanza la excelencia si quienes sostienen diariamente sus
procesos viven al margen de las transformaciones.
Por primera vez en mucho tiempo, la palabra comunidad dejó de ser un recurso
retórico y se convirtió en una experiencia colectiva. La UASD empezó entonces a
parecerse nuevamente a la universidad soñada por generaciones enteras de
dominicanos y dominicanas. Una universidad abierta al pueblo, moderna sin
perder identidad, crítica sin caer en el caos, democrática sin destruir la
institucionalidad y profundamente comprometida con el desarrollo nacional
sostenible. Y ahí radica la mayor dimensión histórica de aquella rectoría.
Jorge Asjana no condujo únicamente un proceso electoral exitoso ni una
administración eficiente. Condujo una restauración moral de la esperanza
universitaria. Porque hubo un momento en que la familia uasdiana necesitaba
volver a creer que era posible construir grandeza desde la academia pública. Necesitaba
recuperar la confianza en el mérito, en el trabajo serio, en la planificación,
en la institucionalidad y en el liderazgo firme. Necesitaba recordar que la
UASD no nació para sobrevivir administrativamente, sino para dirigir
intelectualmente el destino de la nación dominicana. Y eso fue precisamente lo
que comenzó a ocurrir tan pronto Jorge Asjana asumió la rectoría.
Por eso, cuando el
futuro recuerde aquellos años, no hablará solo de una gestión rectoral. Hablará
del instante en que la Universidad Primada de América decidió regresar
definitivamente al lugar que le corresponde en la historia nacional.
Y en el centro de ese
recuerdo permanecerá la figura serena, firme y legítima del doctor Jorge Asjana
David. El hombre que entendió que dirigir la UASD jamás debía consistir
únicamente en administrar edificios, presupuestos o conflictos.
Sino en devolverle el
alma a la universidad del pueblo dominicano.
El autor es servidor
universitario


