Neo Carmona
Hay hombres que llegan a nuestras vidas como una circunstancia. Otros, como una coincidencia. Pero existen algunos —muy pocos— que llegan para convertirse en una auténtica referencia moral, emocional y humana de todo lo que uno termina creyendo sobre la lealtad, el trabajo, la dignidad y el sentido de pertenencia. Para mí, ese hombre ha tenido siempre el mismo nombre: el doctor Jorge Asjana David.
Y quizá por eso este no sea simplemente un artículo político. Ni siquiera un texto sobre una candidatura rectoral. Esto es algo mucho más íntimo, más profundo, más humano. Es el testimonio silencioso de tantos años caminando cerca de un hombre que con su manera de vivir la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) terminó enseñándonos también una manera distinta de vivir la vida. Porque hay líderes que convencen con discursos. Y hay líderes que transforman con el ejemplo. Jorge Asjana pertenece a los segundos.
Con el tiempo comprendí que la grandeza de un hombre no se mide únicamente por
sus títulos, por sus victorias o por el reconocimiento que recibe de los demás.
La verdadera dimensión de un ser humano aparece en la coherencia con la que
defiende sus principios cuando nadie lo observa. Y pocas personas he conocido
con la firmeza moral, el carácter y la disciplina con que Jorge Asjana ha
defendido siempre aquello en lo que cree.
Nunca fue un hombre moldeado por la comodidad. Nunca negoció su dignidad para agradar. Nunca aprendió el idioma de la hipocresía política. Mientras muchos iban cambiando de discurso según la conveniencia política del momento, Jorge Asjana permanecía intacto, firme; vertical. Dueño de una serenidad que no nacía de la debilidad, sino de la seguridad absoluta de quien sabe quién es y por qué lucha. Y eso, inevitablemente, termina marcando a quienes le rodean.
Durante todos los años junto al doctor Asjana no solo aprendimos a mirar la UASD desde otra perspectiva. Aprendimos a entender el compromiso como una extensión de la conciencia. Aprendimos que la lealtad no es obediencia ciega ni servilismo miserable, sino gratitud, consecuencia y honor. Aprendimos que defender una causa verdadera exige sacrificios, silencios, resistencia y, muchas veces, la capacidad de mantenerse firme incluso cuando otros deciden abandonar el camino.
Jorge Asjana me enseñó algo que hoy parece escaso en todos los espacios. Que la
palabra todavía tiene valor. Y seguro por eso mi lealtad hacia él nunca ha
necesitado explicaciones. Porque hay afectos que nacen del interés. Pero
existen otros que nacen de la admiración profunda. La mía, sin lugar a duda, pertenece
a la segunda categoría.
Con los años, Jorge Asjana dejó de ser únicamente un referente académico o político para convertirse en parte emocional de mi propia familia. Mis hijos lo llaman por su nombre con la naturalidad con que se nombra a alguien cercano, querido y presente. Y hay algo profundamente conmovedor en ver como Alam lo recuerda cada vez que viste traje y corbata para alguna actividad escolar, como si en su memoria infantil hubiese quedado grabada la imagen elegante, firme y respetable de un hombre que siempre entendió que la presencia también comunica dignidad. Para mí es imposible describir completamente lo que eso significa. Porque al final, los verdaderos líderes no solo impactan instituciones: impactan hogares. Se convierten en referencias silenciosas para generaciones que quizá todavía no comprenden del todo por qué admiran a alguien, pero que ya sienten el peso luminoso de su ejemplo.
Eso ha sido Jorge Asjana para mí. Un amigo llamado Jorge. Un rector apellido Asjana. Un líder académico llamado Jorge Asjana David. Y en tiempos donde tantos construyen carreras sobre la simulación, el oportunismo y la traición elegante, haber conocido a un hombre así termina siendo también una forma de resistencia moral. Porque Asjana nunca nos enseñó el camino fácil. Nos enseñó el camino correcto. Nos enseñó que el trabajo a tiempo completo por la UASD no admite medias tintas. Que la institucionalidad no puede ser una consigna vacía. Que la academia merece respeto. Que la política universitaria debe construirse sobre ideas y no sobre resentimientos. Que la firmeza no es violencia, sino convicción. Y que la lealtad verdadera se demuestra sobre todo en los momentos difíciles.
Por eso, cuando algunos intentan reducir esta relación a la lógica superficial de la coyuntura política, se equivocan profundamente. Lo que existe aquí no es una alianza circunstancial. Es una historia compartida de trabajo, afectos, enseñanzas y compromiso humano.
Hay personas que pasan por nuestras vidas dejando ruido. Jorge Asjana dejó dirección. Y tal vez por eso, cuando la historia universitaria termine escribiendo con serenidad este capítulo decisivo de la UASD, muchos comprenderán que detrás del respaldo gigantesco que hoy despierta Jorge Asjana David no existe únicamente un proyecto electoral. Existe algo más poderoso: la credibilidad construida durante décadas de coherencia y compromiso con nuestra Universidad Primada de América y el pueblo dominicano al que nos debemos.
Porque los pueblos, las instituciones y los hombres podrán ser engañados momentáneamente por el espectáculo, por la mentira hábil o por el oportunismo disfrazado de amistad. Pero el tiempo —ese juez silencioso e implacable— siempre termina colocando a cada uno exactamente en el lugar que merece.
Y quienes han hecho de la traición una costumbre, de la ingratitud una estrategia y de la simulación una forma de ascenso, más temprano que tarde descubrirán el precio terrible de la miseria humana: quedarse solos frente al espejo de su propia pequeñez, sin respeto verdadero, sin afectos sinceros y sin historia digna que contar.
Porque al final, la lealtad podrá ser sacrificada muchas veces: Pero jamás
derrotada.
El autor servidor universitario



